Violentamente

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No creo en la violencia como medio ni como fin. Pero sí que varias veces al día me vuelvo creyente transitoria y deseo con todas mis fuerzas que rueden cabezas. Quizá no sea cierto, quizá no lo desee con todas mis fuerzas, porque de hacerlo, es probable que rodaran. También puede que sea cierto que, de vez en cuando, haya pensado que a alguien le habrían hecho falta un par de hostias a tiempo, y con gusto se las ofrecería.

Me gusta la violencia emocional. Me gusta poder decirme las cosas sin tener que adornarlas. Me gusta conocerme y saber hasta dónde puedo llegar. Hay personas que prefieren no hacerlo, y lo respeto, pero no me funciona. Podría decir que, la violencia, en ese sentido, sigue siendo mi motor. Hago muchas cosas violentamente. Pienso violentamente, por ejemplo. ¿Quién no ha sentido alguna vez que ha sido demasiado certero con esas palabras en forma de bala? Y si no lo has sentido, te invito a que lo hagas. No es necesario herir a nadie, créeme, si eres bueno, la mayoría apenas lo notará.

Hoy pienso en todas las decepciones (¿las llamo así o las llamo bendiciones?) que he ido acumulando a lo largo de mi vida. Con los años supongo que algunas ni si quiera merecen llamarse así, porque has sido inteligente en el acercamiento para verlas venir y las has evitado, o no. Me gusta pensar en todas ellas. Las referidas a amores, amigos, familiares, personas que un día aparecieron para que aprendieras una lección y después se marcharon en silencio. Esas son las mejores.

No sé si por suerte o por desgracia, historias de este tipo no me faltan. Personajes pintorescos, personas a las que nadie se acercaría, seres humanos al fin y al cabo. Pues concretamente esos, los auténticos, los genuinos, siempre han tenido una tendencia (o la tengo yo) a acercarse a mí.

Hoy recuerdo mi encuentro con una persona muy especial enganchada a una mierda muy dura y cara que me pidió un favor. Yo lo cumplí. Él ahora no es libre más que una vez al mes si llega, pero al menos sé, que aunque sea con un granito de sal (la arena no me convence), he contribuido a que recupere a alguien que había perdido.

Él me conoció en Malasaña tomando unos vinos con el amor de mi vida, cuando ni apreciaba un buen vino, ni sabía qué era el amor ni hacia dónde estaba yendo mi vida. Todas las mesas del local le rehuían. Excepto nosotros. Vi luz en él. Rectifico. Vi, por partida doble, a un hombre con luz propia atrapado en la oscuridad. Y empaticé. Porque lo que algunos pueden confundir con egocentrismo (curioso, ojo) es en realidad pura empatía, pero no son capaces de verlo. Tras varias horas de conversación (¡menuda mente brillante, para lo bueno y para lo malo!) me quedé con dos de sus pertenencias. Prometí entregar una de ellas, que al final fueron las dos, a la persona que él me pidió, a la cual ni conocía ni tenía la seguridad de poder encontrar.

La encontré. Fue una entrada complicada. Había serios problemas. Pero supe que alguien me estaba guiando a echar una mano a dos personas para que añadieran un pelín de piedad en sus vidas. Supongo que se trata de saber encontrar la belleza en lo feo, en lo peor. Esa es la verdadera honestidad.

La satisfacción que sentí uniendo dos vidas separadas por una situación que parecía, a ojos de muchos, imposible de conciliar, fue extraordinaria. Y hoy, los dos se merecen que piense unas horas en ellos y les desee la mejor de las suertes que puedan existir.

Hay personas que nunca verán bien nada de lo que hagas, que siempre tendrán el comentario en el cargador. Y las hay peores aún. Aquellas en las que depositas parte de tu confianza y aprietan el gatillo cuando no estás. Todas ellas solo merecen el silencio, que es la mayor violencia que, por mi parte, pueden recibir.

Me gusta vivir violentamente. Y a quien no le guste, que no viva de esa forma, pero el mundo necesita más personas que se atrevan a vivir como quieran y menos de las que condenan a las primeras. Hay muchas otras formas de vivir. Pero no estoy en la onda de los comentarios en forma de granada ni en la de las sonrisas maquilladas. Al menos prediquemos la honestidad, el conocimiento y la admisión de lo feo, amándolo como si fuera bello. Sigue habiendo gente que cree que es solo luz. Honestidad, por favor, con uno mismo.