Ahora sí.

Creo firmemente que alcanzamos la verdad para la que estamos preparados. Veo la vida como una escalera en la que vamos subiendo y bajando experiencias. A veces nos salimos y llegamos. Nadie aplaude, pero tenemos esa sensación de haber hecho las cosas como según nuestra brújula deben hacerse. Otras, bajamos rodando tres de golpe. Estoy aceptando que hay personas que ni suben ni bajan, ahí se quedan.

Déjame decirte que ya no caigo en la trampa mental de bajar escalones para acompañar a alguien en su ascenso. No puedo. Lo siento. Creo que, si llego al siguiente escalón puedo tenderte la mano. Pero bajo ningún concepto puedo bajar para explicarte el abrupto camino que he tenido que crear para subir al siguiente. Crear. El verbo. El verbo es creación. ¿Te suena?

Hay personas que se han rendido. Hay personas que responsabilizan a los demás de sus propios sentimientos. “Me hizo sentir una mierda”. ¿Te hizo? ¿Fue responsable de que bajaras la guardia y dieras tregua a las trincheras? El arte de la guerra. La vida. ¿O no? A veces deseo estar más sola de lo que estoy. A veces sueño que evangelizo y salvo almas. Quizá sea ese mi propósito. Estoy segura de que lo es. Pero hay personas que no quieren llegar ni que llegues. Hay personas que han construido un muro tan sólido que ni los cañones más potentes pueden quebrar la superficie. Es frustrante. Es impotencia. Es predicar en el desierto. Es saber que están perdiendo los papeles en una discusión que terminará en un callejón sin salida y mañana un kiwi, tostadas con tomate y café con leche de avena. Es ver cómo alguien coloca su cruz en mi espalda y sufre. Trato de explicar que cada uno tiene su cruz y que uno debe posar la suya en su espalda y caminar. Imposible. La cruz cada día pesa más y la persona que cree que así sufre menos, sangra por dentro. Qué meloso es el orgullo. Se pega como el membrillo al brie en una noche de agosto en la terraza.

Qué duro. Qué durísimo, de verdad. Me empieza a pesar el alma. Mi almita empieza a gemir; me susurra que salga corriendo, que no mire atrás bajo la amenaza de la petrificación. Tengo que irme. Lo siento mucho. Hoy cojo esa cruz y te la devuelvo. No es mía. He aprendido a responsabilizarme de lo mío, de mis sensaciones, pensamientos, emociones, acciones y resultados. Ya no puedo más con la tuya. Hoy se terminó. Ahora sí.

Gracias por todo lo que me has enseñado. Querer es poder quedará grabado en mi espíritu, hasta el último de los días. Pero ya no. Ya no sucumbo. Gracias, de verdad. Siento compasión. Quisiera ayudar, pero mi ayuda es la tercera en la cita.

Gracias, siento que un comienzo me invade; y siento que un final, cansado de insistir, me invita a rendirme. Me rindo. Ahora sí. Voy a por mis sueños, tengo un largo y arduo camino por delante. No puedo con lo tuyo y con lo mío, y si no consigo lo mío nunca tendré la altura y la longitud de brazo para echarte esa mano que tantísimo necesitas. Mi fuerza es inmensa, pero últimamente estoy divisando el culo del vaso.

No volveré en alma, quizá mi cuerpo lo necesite de vez en cuando, y así será, le concederé sus caprichos. Jugaré a ese juego. Haré que no pasa nada. Cuánto te gusta y cuánto me irrito cuando lo pienso. Pero ya no intentaré salvar a nadie. No intentaré enseñar. He aprendido, y sé que enseñando se aprende más, pero esta vez no es posible; ahora sí. No intentaré hacer entender que la vida es pura, maravillosa, escandalosamente hermosa y que todo depende de que entres o no en el juego. Porque al final, concluyes en que todo es un juego. Todo. Ahora sí.