Me como una, y cuento veinte

santi1

Me como una, y cuento veinte.

Respiro tu aliento que nunca fue mientras todo se desvanece. Día tras día construyendo una imaginaria fantasía. En una hora tuviste la capacidad de destruir algo que sabía a gloria, a gloria maldita.

¿Que cómo estoy? ¿Qué más da? Lo preguntaste por el bien quedar. ¿Viste la imagen? Estoy de espaldas. Es lo más cerca que me verás. No te creo. No te he creído nunca. No confundas educación con comprensión. No confundas diplomacia con aceptación. Esa es la más profunda aceptación de la que Foster me hablaba.

Quedan lejos los días en que te vi como un proyecto. Quedan lejos los días en que admiré tu talento. Ya no me pones la piel de gallina. Tu voz me parece impostada y manida. Me asquea tu frialdad y tus regalos a los demás. Quería esas palabras solo para mí. Quería susurros antes de dormir. Tú con tu ovillo de lana; yo con mi punto de cruz. Al final dejamos ese túnel sin un resquicio de luz. Quería tus celos desde el gallinero y esos besos que me dejaban sin aliento.

Quería alguien con quien compartir, a pesar de mi innato pánico a convivir. Descansa en paz, lo cierto es que estoy mejor que bien. Aprender a base de golpes es mi quehacer.

Quedan tan lejos esos días en los que el rugido de un motor encendía mi alma que ya no entiendo ni por qué pasaba. Quedan tan lejos esos días en los que pensé que la chupa la necesitaría a pesar del calor que ya empezaba. Quedan lejos esos días de interminables despedidas. Quedan tan lejos esas noches de mis brazos en tu espalda y de sentir infinitos nervios en tus palabras. Quedan lejos esos días de no nos tocamos, somos porcelana fina. Quedan tan lejos esas noches en las que “ahora subo y lo arreglo”, para cubrir tus idas y venidas. Quedan tan lejos esas neurosis tuyas cuando no te cogía el teléfono porque sabías que habías actuado dictado por la cobardía.  Quedan lejos tus palabras de ceniza, que volaron alto para enseñarme qué había detrás de tu sonrisa. Quedan tan lejos esos besos de mentira, esos oscuros bailes en la más íntima exposición. Y esos mensajes que quise interpretar pero que no tenían que decirme más.

Te fuiste sin haber estado. Estuviste sin haber sido. Y algo dentro de mí siempre me dijo que confiara, que como dice Fiona Apple no eras una bolsa de papel. Qué lástima. Otra vez, por cuarta vez, me equivoqué. Creí en ti. Creí en la persona que sería junto a ti. En la que tú serías bajo el influjo del torrente de mi alegría de vivir. Qué lástima de nuevo. Pero no lo tuyo, si no lo mío. Qué lástima haber vuelto a caer en una piedra con la que ya tropecé. Qué lástima ver que el aprendizaje y los pilares no eran tan fuertes como creían ser. Qué lástima que mi príncipe no quiera buscar a su corcel. Qué lástima que no improvisaras un comienzo ayer. Qué lástima un soplido tan fuerte en mi castillo de naipes y el desorden que recomponer. Qué pereza recomponer. No me quedará cuerpo que tatuar. No existe laca suficiente para estos tirabuzones fijar.

Tú bien. Todo bien. Sonríe un poco más, que no me duele.  Te peinaré. Hoy vives del aplauso, mañana pensarás que ellos no consuelan, no abrazan cuando duele; no jugarán a la hora de cenar diciéndote qué te conviene evitar. No reirán de coctelerías en las que no hemos estado y jamás, escúchame bien, jamás se enterarán de que un día pensé que contigo podría bailar.

Habrá sonrisas. Muchas. Es mi lenguaje. Soy mayor. Ya me saqué el carnet de relación.  Jamás habrá una mala cara. Nunca permitiré que me vean de otra manera que no sea sonriendo. Porque así soy yo. Soy sonrisa, soy optimismo, soy luz, soy amor, soy compasión y ausencia de dolor. No es venganza. No puedo evitar ser luz. Eres para mí confusión, oscuridad, mentira e indecisión. A puerta cerrada. Con llave. Y la llave al mar.

Y yo…  yo contigo sin ti. Un estado cercano al limbo, pero feo, muy feo. Y sabes… lo feo… es demasiado feo para este momento; y es demasiado feo para mí. Ya vi lo feo. Visto. A otra cosa. Ya fui María Teresa de Calcuta. Ya salvé a tres. No salvaré a cuatro.

Ya no me interesa qué ocurre en esa cabecita que tantos días soñé besar (esos besitos en la frente que das cuando no se te ocurre una forma más afectuosa de amar) ; ya solo quiero olvidar que en una ocasión besé tu hombro (es mi mayor muestra de afecto y contando el tuyo solo he besado dos hombros);  ya no me interesa escuchar lo que en su día ansiaba descifrar… ya no. Ya no tengo tiempo para perder el tiempo. Sobre todo, no tengo tiempo para que me lo hagan perder. Así que le pongo una mordaza a quien tú ya sabes y me largo. Me largo. Aunque esté a tu lado. Me voy y olvido la manta, la peli y el salón. Me voy y olvido esa playa, esas risas y eso, todo lo que nunca ocurrió. Para ti dejo esa ciudad, ese lugar, ese cielo que nos vio sembrar. No permitiré que un solo cristal me roce la piel. Ya no. Baja el arma, estamos en paz. Hace semanas dejé caer el revólver. No tendré en cuenta esa ambigüedad. Jesús me pidió perdonar y le amo, perdonaré con el amor que él me da. Pegaste un tiro; me rozaron dos.

Y lloraré. He llorado. Llorar es humano. Sentir es humano. Poner límites es artificial, feote y desemboca en quebraderos de cabeza que arruinan momentos. Los tuyos no, claro. Estás demasiado ocupado con las luces. Ojalá te abracen como quise hacerlo yo. Ojalá seas feliz algún día y recibas el calor de los abrazos de verdad. Pero sí tengo que decir que los hombres no se comportan como tú. Los hombres (y hablo de forma genérica, hombres y mujeres adultas), reconocen sus sentimientos, los procesan, los comunican, los comparten, y si tienen la suerte de que sean correspondidos, los comparten de nuevo. Eso sí que es una suerte y no la lotería. Lo tuyo… lo tuyo ha sido una majadería.

Me enseñaron a no bajar ni un escalón. Y nena, estás varios por debajo; te ofrezco mi mano y escupes sobre ella. Con saliva resbala y tu mano se me escapa. Retirada. Retirada automática. Olvido tus celos, olvido tu drama, olvido pensar que no querías marcharte esa semana. Fue lo mejor que pudiste hacer, desaparecer. Alguien me dijo que la gente tiene la cara y los personajes que encarnan lo que son. Saca conclusiones, ausente víctima de la aceptación.

Demasiado para el ego, demasiado para el orgullo, pero no creas que todo es podredumbre.  Demasiada ofensa para un alma deseando amar. Demasiada confusión para la claridad. No me dejaré ensuciar.

Vuelve al lugar del que viniste, si es que alguna vez fuiste a algún lugar. Retoma las formas que iniciaste, esas en las que yo pensé que eras un estúpido integral, diva y que no me sabía ni hablar.

Piérdete en el mar de nombres que olvidaré, a pesar de que pensé que jamás lo tendría que hacer. No te conozco. No sé quién eres. Tal vez ni existes y yo he mantenido una lucha con una parte de mí que desconocía. Tal vez eres una parte de mí que no quiero reconocer, tal vez me mareas porque un día yo me mareé.

Gracias. Infinitas gracias. Siempre hay que agradecer los golpes que noquean. Tranquilo, me levantaré. Y no, no necesitaré tu mano. Esa es la que menos necesitaré. Apártala. Aparta tu mano, tu casco, tus formas y aparta tus largas, esas que me has estado dando hasta ahora.

No eres de verdad. Eres una proyección de ti mismo y tan si quiera tú eres consciente de ello. Un espejismo. Nada real. Un personaje. Un vendaval. Ese aire que tanto viene como va.

Vi casa. Vi campo. Vi caballos y perros. Vi anillos y vi niños. Qué contrariedad, dijo mi corazón haciéndome un guiño.

¿Niños he dicho? Pánico infernal. Pero los vi. Mis visiones son honestas, genuinas y por lo visto… unas mentirosas compulsivas. Malditas visiones, maldita intuición. Ya les daré su merecido. Por el momento las mimaré, en realidad no tienen culpa de lo ocurrido. Se desorientaron y errar es humano. Me han aguantado hecha y derecha, serena, de pie, golpe tras golpe, hostia tras hostia. Demasiadas. Pero ahora necesitan todo mi cariño y yo no se lo puedo negar. Las cuidaré, las mimaré, les daré calor y las besaré. No tengo ese botoncito de ON/OFF que tú enciendes y apagas como un robot. No me como lo que siento porque me atraganto. Me duele la barriga  y sí… lo cago.

Porque pensé que tu nombre podría grabarlo en la piel.

Me como una, y cuento veinte.

Fue un día; para mí, veinte.

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